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Entre la espera y el juego (Egipto 2026)

Miles de personas han huido del conflicto en Sudán en los últimos años, escapando de una guerra interna que ha provocado más de 11 millones de personas desplazadas y una crisis alimentaria de gran magnitud. Hemos estado en Egipto, concretamente en El Cairo, de la mano de ACNUR, acompañando a la infancia desplazada de Sudán y a sus familias.

Anna Montserrat “Xicana” y Marcelo González han sido los artistas voluntarios que han aportado su arte del clown para aliviar el dolor y crear espacios de juego y risas para todos estos niños y niñas. Nos lo explican con sus propias palabras.


Actualmente, en Egipto viven más de un millón de personas refugiadas y solicitantes de asilo, la mayoría procedentes del conflicto en Sudán. Con esta expedición, hemos podido constatar las importantes dificultades que afronta esta población para acceder al mercado laboral, a los servicios básicos y a los derechos sociales.

La labor de ACNUR en El Cairo nos ha parecido fundamental, especialmente en el ámbito del registro, la protección y la atención sanitaria. Sin embargo, la organización atraviesa una grave crisis de financiación que ha obligado a reducir servicios esenciales, incluidos tratamientos médicos vitales, afectando a decenas de miles de personas refugiadas. También nos explicaron que han tenido que cerrar otros espacios en distintas ciudades de Egipto, quedando operativa únicamente la sede de El Cairo.

Los controles de seguridad en las zonas donde residen personas refugiadas generan una sensación de inseguridad que limita su movilidad. Ante este contexto, las actividades y los servicios se concentran en la sede principal de ACNUR, considerada el espacio más seguro y estable. Todos los espectáculos los realizamos en esta sede para evitar desplazamientos innecesarios y reducir el estrés de la población refugiada. Solo un día, cuando el espacio de ACNUR estaba cerrado, actuamos en una escuela de un barrio donde viven personas refugiadas de Yemen.

Las personas beneficiarias han sido refugiadas de Sudán, Sudán del Sur, Somalia, Siria y Yemen, mayoritariamente de Sudán. Actuábamos principalmente para la infancia y los jóvenes, aunque en muchas ocasiones también participaban sus familias.

Cuando llegábamos, los veíamos muy cansados. Muchos habían pasado la noche esperando para ser atendidos. Se podía percibir la tristeza y la desesperación. Sin embargo, cuando comenzábamos el espectáculo, sus rostros cambiaban. Reían como si, por un instante, el mundo se detuviera y no existiera nada más que el juego y la complicidad. Durante un momento, parecía posible olvidar el sufrimiento vivido. Los padres y las madres también participaban, felices de ver a sus hijos relajados e implicados. En esos momentos, el ambiente se llenaba de alegría.

Los espectáculos tuvieron un efecto estimulante y reparador en el público. El humor, la alegría y la interacción ayudaron a reducir el estrés y a crear un espacio seguro donde niños, niñas y familias podían relajarse y disfrutar del momento.

Según nos comentaban los trabajadores y trabajadoras de ACNUR, los principales impactos observados fueron una mejora del estado de ánimo, un aumento de la interacción social y un fuerte sentimiento de conexión entre los miembros de la comunidad. Nuestra intención era precisamente esa: crear un ambiente de apoyo y alegría donde niños y familias pudieran sentirse seguros.

La colaboración con el equipo de ACNUR fue muy fluida y el impacto positivo en la comunidad fue evidente. Desde Payasos Sin Fronteras queremos seguir ofreciendo actividades similares en un futuro próximo, ya que la infancia sudanesa es una de nuestras prioridades. Queremos continuar proporcionando apoyo psicosocial y aportando espacios de alegría a las familias.

Tanto los niños y niñas como sus familias, así como el equipo de ACNUR y nosotros mismos, formamos un equipo que se convirtió en una ola de aire fresco en medio de una realidad difícil, un respiro compartido en una ciudad que vive bajo el peso constante de la incertidumbre.

Anna Montserrat “Xicana” y Marcelo González




Autoría UNHCR / Adeeba Amiry

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